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La lucha contra el sudor:

El sudor es vital para nuestro organismo. Su evaporación a través de la piel nos ayuda a controlar la temperatura corporal y su expulsión arrastra un buen número de toxinas nocivas. Su salida a través de las glándulas sudoríparas, de las que existen hasta cuatro millones repartidas por todo el cuerpo, está regulado por el sistema nervioso simpático, pero cuando éste envía estímulos exagerados a las glándulas, la sudoración se dispara y provoca la hiperhidrosis. ¿Cómo se reconoce? Es fácil porque esta patología produce un exceso de sudoración en ciertas partes del organismo, sobre todo en pies y manos. A juicio de Virginia Novel, presidenta del Consejo General de Colegios de Podólogos, «la hiperhidrosis es una enfermedad en toda regla de la que se minimiza su importancia, pero que puede llegar a alterar el equilibrio psicológico del paciente, causándole un estado de permanente aprensión social». ¿Qué la provoca? Los motivos que la causan aún se desconocen. Lo que sí se sabe es que está vinculada a una hiperactividad de las fibras simpáticas y a un aumento de la respuesta periférica sudomotora. Suele afectar a miembros de las mismas familias y su incidencia se calcula entre uno y tres casos por cada mil individuos.

¿Dónde ataca? La sudoración excesiva debida a la sobreactividad de las glándulas sudoríparas puede ser generalizada o estar confinada a las palmas, las plantas, las axilas, las regiones inframamarias o las ingles. En cuanto a la primera, la hiperhidrosis generalizada se acompaña habitualmente de fiebre, una alteración endocrina (por ejemplo: hipertiroidismo) o, en ocasiones, una enfermedad del sistema nervioso central.

¿Qué más acarrea? Además de suponer una disfunción por sí misma, puede causar alteraciones de la piel tales como maceraciones cutáneas o acrocianosis. En el caso de los pies, la humedad excesiva origina la proliferación de hongos y bacterias, lo que se traduce en mal olor o incluso en infecciones fúngicas, como la conocida como pie de atleta.

¿Qué hacer ante ella? La limpieza minuciosa de las zonas más sensibles seguida de la aplicación de cloruro de aluminio en forma de solución alcohólica es esencial para combatir el sudor local. En ocasiones es necesaria también la aplicación de lociones o cremas antibacterianas tópicas (clindamicina o eritromicina).

¿Hay esperanza de curación? Las inyecciones de toxina botulínica parecen una solución para acabar con la sudoración excesiva, aunque el tratamiento deba repetirse unas tres veces al año y solamente esté legalizado en el caso de la hiperhidrosis en las axilas, no así en manos y pies. Los efectos comienzan a notarse entre dos y cuatro días después de la inyección, y la patología desaparece por completo en una semana, aunque la sudoración vuelve a ser abundante a los cuatro meses aproximadamente.

¿La solución? Volver a inyectar otra dosis para reducir nuevamente sus efectos. Por último, existe la posibilidad de someterse a una intervención quirúrquica en la que se manipulan las glándulas sudorípadas localizadas en las axilas. Sin embargo, los resultados de esta operación no siempre son satisfactorios, en algunos casos aparece una sudoración compensatoria en la espalda y el abdomen.

 

¿Alérgicos al polén? No, a los ácaros

Proliferan con el calor y la humedad, viven en el polvo y son los responsables de innumerables alergias y ataques de asma. La prevención pasa por una estricta higiene. Si estornuda frecuentemente cuando entra en un local cerrado y lo hace entre cinco y diez veces seguidas, ese puede ser el delator indicio de que padece una rinitis provocada por ácaros. Esta alergia afecta a un diez por ciento de la población y suele venir acompañada de picor, agüilla que se destila por la nariz o escozor de ojos.
Los causantes de esta afección son los ácaros, unos microscópicos parientes de los arácnidos que son inofensivos para el hombre, pero cuyos excrementos contienen unas proteínas altamente alergénicas. Los niños son los más afectados por dichas proteínas, que les generan molestos y peligrosos ataques de alergia.

¿Dónde se refugian?
El hogar es el entorno idóneo para el desarrollo de los ácaros por tres factores: en él la temperatura suele rondar los 20-25 ºC, la humedad relativa del aire se sitúa habitualmente por encima del 70 por ciento y además, hay polvo. Estas son las condiciones idóneas para su crecimiento y su asentamiento en colchones, almohadas, mantas, edredones o sillones. En estos ambientes encuentran inagotables fuentes de alimentación como, por ejemplo, restos de piel muerta que se pierden de forma natural durante la renovación cutánea.
Las especies que con mayor frecuencia producen esta alergia son las del género Dermatophagoides y deben su nombre al hecho de que su fuente predilecta de alimento son las escamas de la piel humana (del griego dermatos = piel; phagos = comedores), aunque también comen esporas de hongos, granos y harinas de cereales.


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